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Cortejo Bíblico

 
Cuádrigas

DINASTIA DE LOS FLAVIOS Y DINASTIA DE LOS ANTONINOS

Vespasiano, emperador azul, pionero de la Semana Santa lorquina, desfilando en la primera cuadriga. El general que intentó someter al pueblo elegido, aquel a quienes las legiones señalaron para sustituir a Nerón en el poder del imperio, quien fundara la dinastía Flavia en Roma. Su hijo Tito le sigue, como le siguiera hace dos mil años cuando por orden de su padre destruyera el Templo e impusiera su ira sobre el pueblo de Israel. Ahí está, ahí llega Domiciano, hijo también de Vespasiano, emperador despiadado, perseguidor de cristianos, implacable rey que asesinó a cuantos abrazaron la fe. Y su esposa, Flavia, la primera mujer cuadriguera, tan hermosa como cruel, dirigiendo a los caballos con las riendas como ayer lo hiciera con todo un imperio.

Pero al marcharse la plateada cuadriga de Flavia no hay calma. Más espectáculo, más pasión, más ardor. Porque, en la noche, el Paso Azul ha reinventado la procesión. Como en 1945 cuando Vespasiano desfilara por vez primera conducido por la furia de cuatro caballos. Como en 1947 cuando el grupo de los Flavios incendiara la añeja carrera. Como hoy, Viernes Santo de 2011, cuando siete cuadrigas ponen el “No puede ser” al servicio del “Será”. Porque solo hay un paso que sepa hacer milagros volando sobre cuatro caballos.

Ahí vienen los emperadores buenos, los Antoninos que vuelven a azotar la carrera como lo hiciera esta dinastía por vez primera en la procesión azul en los años 80. Elegante Marco Coceyo Nerva, el más sabio de la ciudad eterna, el senador elegido emperador por el Senado, el prohombre protegido por la diosa Minerva en cuyo templo fuera grabado su nombre como testigo de los siglos. Sobrio y solemne, grave y respetable es el senador-emperador que instauró la paz en Roma y puso fin a la persecución de los cristianos permitiéndoles, además, que volvieran al imperio durante su breve reinado. Míralo, ahí llega Marco Ulpio Trajano, el primer emperador no itálico, el hispano, militar ejemplar al que Plinio definiera como “óptimo emperador, modelo de equilibrio, de sabiduría y de entereza moral”. La columna que lleva su nombre narra desde el foro la feroz derrota infringida a los dacios y su victoria sobre Decébalo. Trajano, quien goza del ignominioso demérito de haberse convertido en el primer emperador que tipificó el cristianismo como delito, provocando de nuevo las persecuciones a los cristianos, amparadas esta vez por la ley. ¿Qué guerrero llega ahora levantando la admiración, despertando tormentas, enfureciendo la carrera? ¿Es acaso Adriano, el atroz soldado, el ilustrado filósofo? Pulvio Helvio Adriano, quien capitaneó el mayor imperio jamás conocido, quien reinó cuando Roma era el mundo, avanza en la noche conducido por el ímpetu de cuatro caballos. Creador de muros, amante de la cultura helénica, emperador viajero. Fundador de ciudades como Antinoópolis, surgida en honor a su favorito Antínoo. Adriano, quien sofocó la rebelión de los hebreos en Judea en el año 131, quien tomó Jerusalén en el 135 arrasando los cuerpos de miles de judíos, destruyendo los rollos sagrados, llevando a Júpiter hasta el mismísimo lugar donde estuviera el Templo.

Y como furia, se marchan con ecos de cascos sobre la arena las siete cuadrigas azules. Son reales, han estado bordando espectacularidad en el espectáculo único, en el milagro de esta procesión, en la fiebre desatada por el triunfo azul. Como la locura que narra lo que ya sabemos: que sobre el odio, la rabia y la fiebre, que sobre soldados, locos y asesinos, el cristianismo triunfó. Que nada era imposible y por eso así lo contamos. Como del sueño, hoy en la carrera siete cuadrigas azules escriben la historia. Siete en la noche azul. Siete.

Cuadrigas

Cuadrigas
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